Ita Amutenya: Taxi en Bicicleta

Tras descender de la suya, fue examinando poco a poco los grupos de bicicletas que teníamos en el patio, cuando de pronto, a través de aquellos lentes gruesos, sus ojos miopes descubrieron la tandem. ¡Esta es la mía!, pensó, imaginándose desde el primer momento lo que haría con la bicicleta de doble timón y pedales.

¿Dónde trabaja?, le pregunté, en Trans Namib, me dijo – una agencia de transporte de la estación ferroviaria – hago de todo de 6 de la mañana a 4 de la tarde, respondiendo a mi pregunta, sin quitar la vista de la bicicleta amarilla. Ese día dejó un adelanto para asegurarse que no llegara otro a comprarla, al día siguiente quería dejar en prenda su bicicleta vieja – no…no se puede – y dos días más tarde, se la estaba llevando tras haberla cancelado.

En mi tierra (Nicaragua), más de tres hijos se considera prole numerosa, ¿que dirían de este negro grandote que a sus 51 años y los dos menores de siete y cinco? Ocho de ellos van a la escuela, - cosa buena, diría mi abuelo – la mujer se entretiene vendiendo dulces, fósforos y cereza caliente, buena para los europeos a quienes les gusta “al tiempo”, aún en este lugar árido y do sol inclemente, cuya resequedad parte los labios y la piel, ¡Ah…también vende ¿de donde lo saca?

Todo ello en el business room, espacio de tres metros cuadrados, junto a la única habitación en donde duermen todos, bajo un techo de zinc y entre paredes de zinc, a 38 grados al mediodía, no es tanto…si se tiene al menos un arbolito bajo el cual guarecerse, y 12 grados en la noche, tampoco, los cuerpos pegados se calientan uno al otro.

“Mi hijo mayor me ayuda cuando estoy en Trans Namib, y los fines de semana me encargo yo, los sábados son los mejores, a veces hago hasta 50 dólares namibios (unos ocho dólares americanos)”.

“La gente me ve como algo divertido cuando espero a la entrada de las tiendas, ¿y qué?”

Su mirado se yergue y el pecho se le hincha de orgullo cuando alguien con sus manos cargadas de compras lo llama “TAXI”. “¿Por cuanto me lleva?, tres dólares, pero también tiene que pedalear.”

Y ahí va Amutenya, pedaleando de las tiendas de Otjiwarongo a las casas humildes de Orwetoveni, llevando a sus clientes, quienes saludan agitando sus manos a todos, encantados del viaje

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